Existe un instante lleno de gracia donde el amor de Dios nos recibe, nos sana y nos regala la oportunidad de empezar de nuevo. Un momento que nos interpela en la humildad de reconocer nuestras faltas y querer repararlas. La confesión es ese espacio donde la reconciliación con Dios se vuelve experiencia verdadera que nos inunda de paz y alegría el corazón descubriéndonos amados a pesar de nuestras debilidades. “Quien se ha confesado abre una nueva página en blanco en su vida”[1], qué gran signo de amor hay en este sacramento a través del cual Dios no se cansa de perdonarnos y nos invita a vivir una vida en constante diálogo con Él.

La confesión es ese espacio donde la reconciliación con Dios se vuelve experiencia verdadera que nos inunda de paz y alegría el corazón…

Sin embargo, este acto en el cual con total libertad nos acercamos a confesar nuestras faltas a un sacerdote, suele cohibirnos y costarnos, lo que nos supone un camino difícil, que a veces solemos esquivar, y caemos en cierta superficialidad que nos lleva a no examinar con profundidad nuestra conciencia. Este rumbo es un rumbo peligroso porque de alguna manera estamos obstruyendo el camino de la gracia que Dios nos quiere regalar a través del sacramento. Puede ser que esta pérdida de rumbo sea inconsciente, por eso hoy te invito a parar, a examinar tu conciencia y a responder en oración las siguientes preguntas: ¿Cómo estoy en mi relación con Dios? ¿Cómo estoy en mis relaciones con los demás? ¿Cómo estoy en mi relación con la creación?  Si te sirve, quedate un ratito en ellas y anotá lo que te venga al corazón.

un camino difícil, que a veces solemos esquivar, y caemos en cierta superficialidad que nos lleva a no examinar con profundidad nuestra conciencia.

Qué importante y necesario para la salud de nuestra vida interior es tomarnos un tiempo para pedir perdón. Un tiempo para mirarnos a la luz de la bondad y la misericordia de Dios. Un tiempo para que el corazón arrepentido pueda llorar. De nada sirve esconder a Dios lo que Dios ya sabe de antemano. De nada bueno sirve cargarnos con pecados que nos ocupan lugar y hacen pesar el corazón haciéndonos perder la fiesta del perdón. Sea lo que sea, Dios está dispuesto a recibirlo. La reconciliación es un encuentro de amor, un momento de ternura, de profunda comprensión de parte de Dios, pero requiere que pongamos de nuestro arrepentimiento sentido y sincero, de nuestro propósito de ser mejores y alejarnos de las ocasiones que nos inciten a cometer esas mismas faltas. San Bernardo de Claraval decía: “Un signo de arrepentimiento sincero es alejar la ocasión de pecado”.

De nada sirve esconder a Dios lo que Dios ya sabe de antemano.

Sólo Dios con su gracia puede ayudarnos a vivir esta experiencia de reconciliación abriéndonos las puertas a una conversión interior que pueda ser expresada en todo que hagamos. En la medida en que experimentemos la misericordia de Dios en nuestra vida seremos capaces de crecer en la misericordia hacia nuestros hermanos colaborando como testigos de que el perdón de Dios realmente nos trasforma el corazón. Quizás hoy sea un buen día para pedir perdón y empezar de nuevo.

Amén.


[1] Youcat, catecismo de la Iglesia Católica para jóvenes, 226, pág. 133.

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