Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de la Virgen María a su prima Isabel y, ayer, la solemnidad de la Santísima Trinidad. Rezando en estos días qué significan hoy para nosotros concretamente estas dos celebraciones con las que la Iglesia se alegra, se me vinieron al corazón dos cosas para compartirles.

“En el fondo de su corazón vive Dios

La primera se podría llamar “en el fondo de su corazón vive Dios”. Algo así fueron las palabras que expresó una de mis hermanas unos días atrás, mientras compartíamos en comunidad. Ella nos pedía oración por una persona en una situación bastante dura en este tiempo de pandemia. Con esa frase se me hizo nueva esta realidad tan presente y cotidiana, pero que por ser así y muchas veces por las miles de circunstancias propias, comunitarias, de nuestro país o de nuestro mundo, en este tiempo se nos puede olvidar.

¡Todos estamos habitados por Dios!

Cada uno de nosotros, vos, yo, mis hermanas, nuestras familias, amigos, compañeros del trabajo, de la facu y también quienes no conocés: ¡Todos estamos habitados por Dios! En una parte de nuestro ser, Dios, que es Amor y que es Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), uno y tres Personas, habita en nuestro interior y, desde que Él te creó en su Amor, nunca se fue, ni se va a ir porque “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

Y, ¿qué significa que Dios es Amor, que sea Trinidad, uno y tres Personas? Es un misterio que ni yo ni el más groso de los teólogos va a poder abarcar, porque es un misterio insondable, Dios es incomprensible para la mente humana. Pero hay imágenes que pueden ayudarnos a acercarnos y a intentar vivir desde ahí esta base fundamental de nuestra fe que repetimos en el Credo.

Nuestro Dios es comunidad de amor, familia y, como nos dice el Génesis: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza” (Gn 1,28). Por eso, los seguidores de Jesús estamos llamados a ser comunidad, familia, una unidad perfecta en diversidad de personas, unidos por el amor.

Me ayuda mucho a intentar rezar y vivir desde ese Dios Amor que me habita esta imagen que nuestra Santa Madre, Santa Teresa de Jesús, nos deja en sus escritos. Ella escribe así: “Pareciome se me representó como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua. Así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas” (CC17, 1-4).

La imagen de la esponja es muy gráfica. Dentro del mar, la esponja está llena del agua salada por todos sus poros: el mar está en ella, pero ella misma está dentro del océano. Ella no puede encerrar todo el mar dentro de sí, pero puede estar embebida de mar, dentro del mar mismo. Dios es más inabarcable que el mar, podemos nosotros embebernos de Él y gozar de su presencia, sin tratar de encerrarlo en nosotros, sino sumergiéndonos en Él. Él está dentro de nosotros pero no podemos encerrarlo, porque aunque nos habita, ¡nos desborda!

“…María partió y fue sin demora…”

Y acá viene la segunda cosa que se me vino al corazón: “Comprendí que la caridad (el amor) no debe quedar encerrado en el fondo del corazón”. Esta frase que escribió otra santa del Carmelo, Santa “Teresita” (como la llamamos quienes la queremos) es la clave de la fiesta que hoy celebramos. El Evangelio de hoy dice: “María partió y fue sin demora” (Lc 1,39).

Me gusta imaginar cómo habrá sido ese “partir sin demora” de María. ¿Qué la movió a hacerlo? ¿Qué pasó antes?

Vivir tu hoy desde un amor desbordante

Lo inmediatamente anterior a esto en el Evangelio fue la Anunciación, el anuncio del Ángel a María, en el que se nos nombra a este Dios Trino, no exactamente así, pero la cuestión es que María recibe del Ángel el anuncio de ese Amor desbordante de Dios, de su Señor, del Altísimo al que ella junto a su pueblo esperaban. Claro que no sé si lo esperaban de esta forma… pienso en lo que a María le pasaría por el corazón: ¿Qué le diría a José? ¿Cómo sería todo? Pero en el fondo sentiría la certeza de que ese amor que la desbordaba en ese momento tenía que ir a compartirlo con su prima, porque le habían sido anunciadas dos alegrías que humanamente eran imposibles.

Cuando se encuentra con su prima Isabel, inmediatamente las dos saltan de gozo junto a los niños que llevan en sus vientres y proclaman de alguna forma la grandeza de Dios y la gratitud hacia Él por su amor. Isabel dice a María: “Feliz de ti porque has creído”, y María expresa: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora”

¿Cómo podemos vivir nosotros en este hoy, sobre todo, en esta hora de nuestra historia, este amor desbordante?

Te propongo que te tomes un ratito todos los días, aunque sean 15 minutos o los que puedas, para hacer silencio, cerrar los ojos y percibir este Dios Amor, este Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que te habita y dejar en Él toda tu vida, para después, como María, “partir sin demora” y “cantar la grandeza del Señor”. Puede servir tener un gesto de amor con quienes convivís o un mensajito cariñoso a alguien con quien hace mucho que no hablás, y también —y no menos importante— desde la oración… Solamente hay que estar atento y dejarse guiar por el Espíritu Santo, que si el amor es verdadero, solas salen las obras, porque (como también dice Santa Teresa), “el amor jamás está ocioso” (5M 4,10).

Te acompaño, junto con mi comunidad, con nuestra oración para que puedas vivir tu hoy desde ese amor desbordante.

Hermana María Sofía de Jesús Resucitado (novicia, OCD)

Un comentario sobre “Un Amor que nos desborda

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