Se conoce a la Sierva de Dios Chiara Corbella como la mujer que supo acoger la vida, aun en las más grandes pruebas. Sus primeros dos hijos nacieron con una malformación que les impedía vivir. Junto a su esposo Enrico le tocó acompañar a sus bebés en este pasaje hacia el cielo. Lo único que pedían es que nacieran con vida para poder bautizarlos, y así lo hicieron. A Chiara también se la presenta como la madre que renunció al tratamiento de su cáncer para que su tercer hijo, Francisco, pudiera crecer sano en su vientre.

Sin embargo, no se puede reducir la historia de Chiara a estos hechos. El secreto de su vocación, la gracia de estos “sí” que ella pudo dar, se remontan a la cruz que el Señor le preparaba para enseñarle a amar. Su noviazgo con Enrico fue tempestuoso, con varias rupturas. Solo pudieron pronunciar el “sí” definitivo cuando entendieron que no se pertenecían, “que el otro es un don”.

Bernardita Linares es una argentina de 23 años que fue tocada por la historia de Chiara y decidió comprometerse en su difusión. Ella es profesora en Filosofía y está próxima a ser licenciada, vive en Despeñaderos, Córdoba y está de novia hace más de cinco años. En diálogo con Iglesia Millennial, Bernardita comenta cómo la vida de esta joven italiana que falleció en 2012 con 28 años impacta en su propia vocación: “Se sabe que Chiara es una mujer que dio la vida por sus hijos, pero tiene una historia mucho más profunda para conocer”.

—¿Cómo te encontraste con la vida de Chiara?
—La conocí en 2018 a través de mi madrina de confirmación, quien me regaló el libro Nacemos para no morir nunca. Todavía recuerdo la delicadeza con la que lo puso en mis manos, como si me estuviera entregando un tesoro para custodiarlo toda la vida. Me dijo que Chiara la había ayudado a descubrir muchas cosas en su matrimonio y en la vida de cada uno de sus hijos. 

—¿Qué te impactó en un primer momento?
—La conciencia de que, en su noviazgo y luego en su matrimonio, se jugaba su sí a Cristo. En el libro se cuenta que la cruz más grande que Chiara vivió no fueron sus dos primeros embarazos ni su enfermedad, sino su noviazgo tempestuoso, por el sufrimiento de pensar que su vida podría no estar unida a la de Enrico. En mi experiencia de fe, nunca había pensado el sentido último del sacramento del matrimonio y, a través de Chiara, lo fui descubriendo como una vocación a la cual el Señor nos llama, donde se juega nuestra felicidad y, por tanto, nuestra santidad.

“No es menor que dos personas, con sus límites y dolores, elijan estar juntas el resto de la vida”

—Es decir, ¿a partir de Chiara descubriste el matrimonio como un llamado que Dios nos hace para ser santos?
Creo que hoy muchos entienden el matrimonio justamente como una “vocación de segunda categoría” y así no logramos percibir el verdadero llamado que hay dentro de él. Y Chiara, en mi historia personal, me ha ayudado a descubrir que es un verdadero camino de santidad. No es menor que dos personas, con sus límites y dolores, elijan estar juntas el resto de la vida, mirando y siguiendo a Alguien más grande.

Durante una de las crisis en su noviazgo con Enrico, el padre Vito (su director espiritual) le recordó a Chiara una frase que le cambiaría la vida: “Cuando Dios abre una puerta nadie la cierra, cuando Dios la cierra nadie la abre” (Ap 3,7). A través de estas palabras ella pasó de la convicción de que tenía derecho sobre Enrico, a entender que él era un don para ella. Pero antes, fue necesario estar dispuesta a perderlo. “Quizás el Señor ya me estaba preparando para lo que me pediría después”, reflexionó Chiara. Y si lo pensamos bien, así lo fue.

—¿Quién es y quién no es Chiara?
—Chiara es solo una hija de Dios, como cada uno de nosotros, que ha dicho a lo que el Señor le pedía, ha abrazado con amor y humildad las circunstancias que le han tocado vivir. El día que supo que era una enferma terminal, a sus 28 años, le dijo a su amiga: “Dejé de querer entender, si no, me habría vuelto loca. Y estoy mejor. Ahora estoy en paz y asumo lo que viene. Él sabe lo que hace. Hasta ahora no me ha decepcionado”. Enrico, su marido, cada vez que le hacen esta pregunta, responde que Chiara es una mujer que solo ha sabido hacer espacio a la gracia.

Y tiene sentido, porque creo que uno puede vivir como lo ha hecho Chiara si pedimos la gracia de acoger los planes de Dios, tal como Él los pensó, en nuestra vida. Por esto, creo que Chiara no tiene que ser para nosotros alguien a quien solo podemos poner en un altar, prender una vela y recordarla como una mujer que ha sabido acoger la vida de sus dos primeros hijos que nacían para morir y luego dar la vida por el tercero, pensando que si nos tocara a nosotros no podríamos vivirlo de esa manera. Como dije, creo que Chiara es una como vos, como yo, que solo ha sabido pedir la gracia para poder vivir lo que Dios le pedía. Ella no debe ser una figura lejana y heroica, sino una amiga que puede interceder por nosotros para que alcancemos la santidad.

“Nada te pertenece porque todo es un don”

—¿Cuál es el mensaje central que nos deja Chiara?
—Chiara no es una persona que solo nos ayuda a vivir el matrimonio o el noviazgo, sino toda nuestra vivencia de fe en santidad. Ella pudo acoger la vida porque en su noviazgo con Enrico había entendido que él no le pertenecía. En esa relación íntima y profunda con Dios, Chiara descubre que las cosas no son de ella ni para ella. El núcleo de la historia de Chiara es haber podido descubrir en su propia vida las palabras de San Francisco de Asís: “Lo contrario del amor es la posesión”. En ella encontramos el secreto de la vida plena; podemos vivir todo si estamos en relación con el Señor. Así llegamos a comprender las palabras que Chiara escribió en una carta a su tercer hijo: “Reconocerás que estás amando de verdad en el hecho de que nada te pertenece porque todo es un don”.

—¿Qué cambió en tu vida a partir de su testimonio?
—Cuando mi madrina me regaló el libro, me explicó cómo, gracias a Chiara, ella había entendido el regalo de un camino. Y la vida de Chiara llegó en un momento donde yo deseaba descubrir justamente eso, la belleza más profunda del camino que estaba haciendo: un noviazgo a distancia —que en ese momento llevaba dos años y medio— en donde cada vez nos costaba más aceptar el misterio de no poder compartir los días juntos, pero también el dolor de no poder ver claramente el llamado que había para nosotros en este amor que no habíamos planeado y que tampoco solo con nuestras fuerzas estábamos sosteniendo. Chiara finalmente me ayudó a descubrirlo y también a aceptar, con fe, el misterio de la distancia. Ella dice: “Dios nunca te quita nada, si toma algo, es solo porque quiere darte más”. Y así lo he experimentado.

—¿Qué significó para Chiara y Enrico el carisma franciscano?
—Ellos se conocieron providencialmente el 2 de agosto, el día del perdón de Asís, en Medjugorje. Seis años después, luego de una ruptura, se comprometen en la Marcha a Asís y también decidieron casarse allí. En la carta que le hizo a su tercer hijo Francisco, Chiara cuenta que pidió la gracia de creer en la providencia que vivían los hermanos en Asís. Explica que con Enrico se casaron sin nada, poniendo a Dios en primer lugar.

—Por último, ¿qué te sorprende más de la historia de Chiara?
—Lo que continúa impactando hasta el día de hoy es el modo de relación y amistad que tenía con Dios y con la Virgen. Cuando Chiara se entera de que es una enferma terminal, junto con Enrico organizan un viaje a Medjugorje y eligen invitar a todos sus amigos: “Hemos decidido ir a Medjugorje, el lugar donde Dios hizo que nos encontráramos Enrico y yo, ¡y pedirle a Él la gracia! ¡Seguro que no volvemos con las manos vacías!”. Chiara emprende este viaje en abril de 2012, dos meses antes de su muerte. Lo impactante de esta peregrinación es que Chiara no va a pedir su curación. No le pide a la Virgen que le quite el tumor, sino que va a pedirle fuerzas para vivir “santamente esta prueba” juntos, en familia y con sus amigos.

Esta es Chiara: una chica que, hasta los últimos días de su vida, mendigaba “la gracia de vivir su gracia”. Y este es su legado, este es su mayor regalo: despertar en quien la conoce el deseo de una vida plena, el céntuplo ya en esta tierra y ella nos lo ha testimoniado así, acogiendo la eternidad ya en esta vida. Chiara lo decía con relación a San Francisco de Asís, pero nosotros podemos decir esto mirándola a ella: “Es bonito tener ejemplos de vida que te recuerden que se puede alcanzar el máximo de la felicidad ya en esta tierra, con Dios como guía”.

En los últimos días de Chiara, cuando ella estaba en silla de ruedas frente al tabernáculo, a su marido se le viene a la mente la frase de Jesús cuando dice: “Mi yugo es dulce, y mi carga ligera” (Mt 11,30). Se anima a preguntarle: “Chiara, ¿verdaderamente es dulce este yugo, esta cruz, como dice Jesús?”. Ella responde: “Sí, Enrico, es muy dulce”.

“El amor te desgasta, pero es bonito morir gastados”

Chiara fallece el 13 de junio de 2012, entre sus familiares y amigos, y, por supuesto, el fray Vito. Se despide entre abrazos, salmos, oraciones y lágrimas sin desesperación. Enrico toma la guitarra y canta. Para el funeral, la visten con su vestido de novia. Resuenan las palabras que Chiara le había escrito a su hijo: “El amor te desgasta, pero es bonito morir gastados, como una vela que se apaga cuando ha cumplido su misión”.

  • Para conocer más sobre la vida de Chiara Corbella, ingresá a la página oficial.

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