¿Sos de esas personas a las que les cuesta decir “NO”? ¿Te parece que es falta de caridad? Bueno… vengo a compartirte que… no es tan así.  Un NO puede estar cargado de amor y, viceversa, un SÍ puede estar carente de caridad… ¿Cómo es eso? Te invito a que reflexionemos juntos…

Llamados a vivir

Se trata de vivir y no de ser vivido. Muchas veces las presiones externas, la mirada de los demás, las expectativas ajenas terminan consumiendo nuestras vidas. Ya no respondemos por nosotros mismos, sino por los demás. Y eso es un problema. Un gran problema.

El gran don que Dios nos regala es el de la libertad. Quiere que seamos nosotros los que elijamos qué hacer y qué no hacer. Obviamente, tiene un riesgo. En verdad, dos. Uno es el encerrarse totalmente en uno mismo y vivir solo para la propia necesidad. No estamos llamados a eso. Vamos a ser infelices. El otro es estar todo el tiempo queriendo satisfacer las necesidades de los demás. En este caso, terminaremos agotados y hasta quebrados interiormente. Un sano equilibrio nos viene bien. De hecho, brota del mismo mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. Las dos cosas…

El ejemplo de jesús

“Nadie me quita la vida, sino que la doy por mí mismo” (Juan 10, 18), dijo Jesús. Él era consciente de lo que iba a hacer. De su entrega generosa. ¿Y dónde está acá el cuidado propio? ¿Jesús no se amaba? Claro que sí… muchas veces puso límites. Solo en el momento preciso dio su vida, como acto de amor supremo. Pero Él solo y también con los suyos se retiraba a rezar y a descansar. Alguna vez hizo un paréntesis y “vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Marcos 6, 34), cuando ya había decidido retirarse. Pero en los momentos más importantes, se iba a la montaña y pasaba la noche en oración. Buscaba ese espacio. ¡Lo necesitaba!

todos tenemos un límite

Querer hacer el bien es algo muy noble. Quisiéramos que no existiera la pobreza en el mundo, que no haya más violencia, que todos seamos felices. Pero no podemos. La realidad es esa. Hay un límite. Y hay que reconocerlo.

También nosotros tenemos nuestros propios límites. Y no por eso es que seamos menos santos. Los límites son muy variados: de nuestro propio ser, del tiempo, del espacio, del crecimiento… Reconocerlos es fuente de bendición, para uno y para los demás. Si no los reconocemos, terminaremos golpeándonos contra la pared, una y otra vez. O peor, enfermando.

buscar el propio centro

Muchas veces perdemos el eje. Las circunstancias terminan ejerciendo su poder sobre nosotros. Las personas también. Y ya no somos nosotros mismos. Nos sentimos afuera de nosotros aunque seguimos viviendo en nosotros. ¿Qué hacer? Intentar ponerse en contacto con uno mismo. Retirarse interiormente donde habita el mismo Dios que nos creó, que nos llama y que nos da su gracia, que mana como fuente de agua viva.

no dejar que los demás nos manejen

Jesús nunca se dejó acorralar. Muchas veces ante las preguntas que le hacían para ponerlo a prueba, Jesús contestó con otra pregunta. No se dejó engañar. Y eso porque estaba centrado en sí mismo, vivía bajo la mirada exclusiva del Padre. Su alimento era hacer la voluntad del Padre. Vivía de eso. A los mismos discípulos les dijo “¡Basta!”, a Pedro le llegó a decir “Satanás” y hasta llegó a decirles a los suyos: “¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?”. Ese era el mismo Amor encarnado.  Por eso, el límite es sanador, para uno y para el otro.

¡animarse!

Te invito a que nos preguntemos de qué manera vivimos. ¿Somos libres interiormente? ¿Respondemos al Padre en última instancia? ¿O vamos queriendo complacer a todos sin medir las consecuencias? ¿Cómo reconozco mis propios límites? ¿Creo que soy todopoderoso, que puedo hacer más de lo que mis propias fuerzas me dan?

Te invito a que mires a Jesús, una y otra vez y contemples su accionar. Cuándo habla, cuándo pregunta, qué dice, qué deja de decir, etcétera… Él es nuestro verdadero ejemplo de libertad interior.

Por último, te invito también a que te animes. Si te cuesta decir que NO, decilo. Si te cuesta decir que SÍ, decilo. Vos sabés qué es lo que más te cuesta y qué necesitarías. Animate. Pedile la gracia a Jesús para conocerte cada día más y, desde ahí, solo desde lo que sos realmente, amar.

“Solo aquel que sepa de límites, también podrá traspasarlos para acercarse al otro y encontrarlo verdaderamente”. (Anselm Grün)

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