“Me amas? Apacienta mis ovejas”, es el lema de la Semana del Seminario 2022. Como cada año, en septiembre, los seminaristas abren las puertas de su casa para mostrarle al mundo su forma de vida, dar testimonio de su llamado, y rezar especialmente por esta vocación tan importante dentro de la Iglesia: la de ser pastores.

La semana comenzó el lunes 5 de septiembre y culminará el sábado 10, en el Día de las Parroquias, una jornada que busca congregar a distintos grupos de la Iglesia para visitar el seminario, conocer sus instalaciones, las historias vocacionales, y pasar una tarde de oración y encuentro.

En ocasión de la #SeSe2022, Iglesia Millennial tuvo la oportunidad de conversar con tres seminaristas que provienen de distintas diócesis y se encuentran en diferentes etapas formativas: Agustín Cisnero, de 22 años, es oriundo de la parroquia San Isidro Labrador, del barrio porteño de Saavedra, y está en su tercer año de seminario; Matías Mansilla, de 23, también comparte el tercer año, y proviene de la diócesis de Gregorio de Laferrere; y Lucas Antognazza de 26, está en el séptimo año y es de la diócesis de San Martín. Los tres se forman en el seminario de la Inmaculada Concepción, en la ciudad de Buenos Aires.

Lucas entró al seminario con 18, apenas terminó el secundario. Ya era una persona muy comprometida con la Iglesia: campamentos, catequesis, taller de fútbol, misiones. Nada le bastaba. “En esta búsqueda se me empezó a meter en la cabeza la idea de que quizás mi proyecto de vida tiene que ver con una consagración total a Dios y a los demás, no solo de tiempo entero, sino también a cuerpo entero”, confirmó.

Mati y Agus ingresaron al seminario en el 2020, el año de la pandemia. Para Agustín, los aspectos claves que despertaron sus inquietudes vocacionales son las misiones y el testimonio de los seminaristas en su parroquia. Además, su interés cada vez mayor por rezar el rosario y asistir a la misa.

Por su parte, Matías expresó que no tenía una vida parroquial muy activa. No estaba en ningún grupo de jóvenes, ni participaba en actividades de servicio pastoral. “Solo iba a misa los domingos, cumplía y me volvía a casa”, confesó. Su familia tuvo mucho que ver en la historia de su vocación. Son cuatro hermanos, y sus padres siempre lo invitaban a no perder la constancia en los sacramentos. A su vez, fue su hermana menor la que le pidió a Mati que la acompañara a un retiro vocacional. Fue él, quien unos meses después, ingresó al seminario.

«El seminario es un tiempo privilegiado para escuchar la voz de Dios»

En total son nueve años de formación. El primero es el año de mayor recogimiento y oración, en el que viven en la Casa San José de San Isidro, y salen los fines de semana a su parroquia de origen. El cuarto año comienzo el año de residencia en parroquia (ARP) en una comunidad distinta a su originaria, pero perteneciente a su misma diócesis. En ese año, los seminaristas interrumpen sus estudios en la facultad para dedicarse exclusivamente al servicio parroquial.

En los años siguientes, cursan el lectorado y acolitado, vuelven a residir en el seminario de Devoto, y culminan sus estudios, mientras asisten a comunidades parroquiales los fines de semana. En el último año reciben el diaconado, y residen en una parroquia.

Yo creo que el seminario es un tiempo para conocer más a Jesús y a uno mismo en profundidad, y se dan las dos cosas en simultaneo”, reconoció Lucas. Además, señaló: “La gente te va enseñando a crecer, a cómo ser cura. Y eso es lo lindo. De cada parroquia me llevé algo distinto que ahora es parte de mi vocación. El poder conocer a tanta buena gente y distinta que ama a Jesús, hace que uno lo ame mucho más”.

Matías agregó que una de las cosas más lindas del seminario es que nunca les falta nada, se sienten acogidos, y la misa diaria es una ayuda muy grande. Además, resalta que la comunidad es central: “La riqueza de conocer a otros que estamos en la misma. en la misma escuela de discípulos”. Agustín acuerda con esto, y agrega que la formación “es un tiempo privilegiado para escuchar la voz de Dios”.

«De cada parroquia me llevé algo distinto que ahora es parte de mi vocación«

En cuanto a las cuestiones más difíciles de su vocación, los tres coinciden en que les costó vivir el desapego, tanto de sus propias familias como de sus proyectos personales. A su vez, Lucas, el más avanzado de los seminaristas, añade que fue muy duro despedirse de las comunidades parroquiales por las que pasó.

A la pregunta sobre cómo debe ser un buen sacerdote, Lucas respondió que es importante “tratar bien a la gente” y detalló: “Su deber es cuidar la fragilidad del otro. Uno cuando es consagrado recibe la fragilidad de muchas personas que comparten en la intimidad, en confianza situaciones muy dolorosas y de mucho sufrimiento. Y lo que tenemos que hacer es ser instrumentos de sanación y de libertad”.

En ese sentido, resaltó: “Es primordial acercarnos a la vida de los demás con mucho cuidado, para que cada persona que está rota, o medio muerta, pueda resucitar. Un consagrado que no sonríe es difícil que sea instrumento de resurrección”.

«Un sacerdote debe estar disponible, ser todo para todos»

Matías, por su parte, expresó que un sacerdote debe estar disponible. “Ser todo para todos, ser un cura para grandes, para niños, para jóvenes. Si tenés que joder con los niños jodés, si tenés que hablar serio con los adultos hablás, si tenés que educar a un joven y acomodarle un poquito la cabeza lo hacés”, explicitó.

Por último, Agustín señaló que un cura debe recordar su llamado vocacional, y no descuidar la oración, no perder esos momentos de intimidad con Dios. Además, ser como el buen samaritano: acercarse, quedarse, curar.

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