El tiempo de espera en el que nos ubicamos en cada adviento nos acerca siempre a la persona de María.  En ella, podemos redescubrir todo aquello que atrae a Dios, que lo enamora, hasta el punto de desplegar en su corazón de mujer, maravillas. Dios a elegido a María para comenzar a contar la historia de la salvación. Ella ha sido cuna de la Palabra que se hizo carne para habitar entre nosotros. En la pequeñez de María se engendró -en silencio- el tesoro más hermoso de la humanidad: Jesús.

Mientras el ojo humano busca la grandeza y el reconocimiento, la mirada de Dios se posa sobre una servidora humilde, dulce y sencilla. María es la servidora que no hace ruido, que no se siente merecedora, sino que, por el contrario, es una necesitada de Dios y, es aquí, donde se hace espacio fértil para recibirlo ¡Cuánta belleza hay en el corazón de María!

María es la servidora que no hace ruido…

Como un niño que se apoya en el pecho de su madre, cada uno de nosotros, podemos acudir a María para que nos oriente y nos acompañe en el camino hacia la Navidad. La fidelidad de María es certeza de que nunca estaremos solos si vamos con ella. Recordemos que la mujer que está al pie del pesebre es la misma que luego estará al pie de la cruz. La mujer que dio el sí al inicio para ser madre de Jesús es la misma mujer que luego aceptó ser madre de todos.

Esta mujer de profunda fe e intimidad con Dios es don para nuestra vida. Esta mujer habitada por el Espíritu Santo es un canal sin interferencia para con el sueño que Dios tiene para con cada uno de nosotros. Sin merecerla, el mismo Dios nos la ha entregado y no podemos hacer menos que abrazarla. En su silencio María nos comunica que el camino para llegar al cielo requiere huellas de fidelidad, humildad, servicio y oración.

Esta mujer de profunda fe e intimidad con Dios es don para nuestra vida.

En María, la fidelidad y la humildad hacen silencio. Ella enseña un amor que toma protagonismo en lo ordinario de los quehaceres de cada día. La elegida de Dios que permanece, a pesar de todo y todos, rompe las barreras del egoísmo y da testimonio de la entrega más dolorosa de una madre, su propio hijo. María no abandona, nunca nos olvidemos de esto. María permanece fiel. En su corazón maternal habita un amor tan inmenso que solo cabe en el eco de la eternidad.

María, Madre de nuestra esperanza, ruega por nosotros.

Amén.

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