En el corazón del barrio Los Obreros, de la ciudad de La Rioja, un grupo de religiosas de la Asunción trabajan para cumplir con el sueño de su fundadora: extender el Reino de Dios y convertir el mundo en un lugar para dar gloria a Él.

Las Religiosas de la Asunción son una Congregación de Derecho Pontificio, que surgió en Francia en 1839 y fue fundada por Santa María Eugenia de Jesús, para brindar educación a las mujeres. Su deseo de llegar a los confines de la tierra fue cumpliéndose poco a poco: actualmente tienen comunidades en 30 países.

Llamadas a vivir una espiritualidad encarnada, con la mirada centrada en Jesús y en la extensión de su Reino, llegaron a la diócesis de La Rioja en 1969 para sumarse al proyecto pastoral de monseñor Enrique Angelelli, quien anhelaba llevar a cabo en su misión los lineamientos del Concilio Vaticano II. En 2019, en el marco de la beatificación de los Mártires Riojanos, las hermanas celebraron sus Bodas de Oro junto al pueblo de La Rioja.

Llamadas a vivir una espiritualidad encarnada, con la mirada centrada en Jesús y en la extensión de su Reino

“Nuestra misión es dar a conocer a Jesucristo, para que los valores del Evangelio impregnen nuestra vida y la vida de las personas que nos rodean”. Así lo relata una de la hermanas y nos cuenta que anhelan una sociedad transformada por el Evangelio, donde la acción concreta de cada uno, construya relaciones más humanas, de mayor justicia y equidad. Sueñan y trabajan por una sociedad donde nadie quede afuera, donde el amor, el servicio y la solidaridad den sentido a la existencia, creando una nueva humanidad.

Desde 2013, sirven en la parroquia Divino Niño Jesús, ubicada en la zona sur de la ciudad. Su comunidad está integrada por tres hermanas: Mechita, Leo y Mela. Así son conocidas por la gente que acompañan. Junto a ellas, también está Zulma, una joven que se encuentra en formación. Viven en un barrio humilde, sintiéndose unas vecinas más y es así como lo reflejan en sus palabras.

Mechita relata: “Una característica de nuestras inserciones es que somos itinerantes. Una vez que la comunidad eclesial ha madurado su fe y su compromiso en la Iglesia y en su barrio,  nos trasladamos a una nueva parroquia o zona donde necesiten de nuestro acompañamiento”.

Responder a los nuevos clamores

De esta manera llegaron hace 7 años a la comunidad San José Obrero. Allí, en un contexto nuevo, se encontraron con otros desafíos: recrear el acompañamiento a los catequistas y a la comunidad eclesial. Tuvieron que buscar respuesta a nuevos clamores: el grito de las adicciones, la trata de personas y el cuidado de la casa común.

“El Dios que nos conmueve es el que viene a nuestra puerta y nos invita a vivir lo que dice Mateo 25: ‘Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba preso y me visitaron…’ Un Dios que nos desafía a poner nuestro ser, nuestra mirada y nuestra escucha al servicio los más vulnerados”. Con estas palabras, las religiosas definen su vocación de servicio.

Por su carisma, las mujeres y la juventud están en el centro de la misión evangelizadora. Al llegar el momento de discernir en comunidad sobre cómo debían responder a la problemática del consumo a la que estaban vinculados los jóvenes del barrio —realidad con la que se fueron involucrando sin poder escapar—, comenzaron a tejer redes que servirían de contención. En su relato, la hermana Mechita nos comenta: “La esquina de nuestra casa era el lugar de cita para adquirir las distintas sustancias y, como en el Evangelio del buen samaritano, no podíamos dar vueltas, ni cerrar los ojos. Estaban ahí. Entonces comenzamos a dialogar con ellos hasta que se generó un espacio de confianza y juntos tuvimos la idea de pintar un mural en la pared de esa esquina”.

Esa esquina se convirtió en un punto de encuentro diferente, fue el puntapié para todo lo que iba a venir. Así fue que comenzaron a buscar orientaciones y a hacer contactos dentro de la diócesis y con otros organismos. En esa búsqueda aparecieron los Hogares de Cristo, una experiencia comunitaria que tiene como finalidad dar respuesta integral a situaciones de vulnerabilidad social y/o de consumo problemático de sustancias prohibidas, poniendo a la persona y sus cualidades en primer lugar.

Con esta mirada, las hermanas pretenden colaborar en el desarrollo de comunidades comprometidas con el sufrimiento social, trabajar por la cultura del encuentro y de protagonismo comunitario, promover valores cristianos, capacitarse y sensibilizarse. “Comprendemos que estas problemáticas son situaciones de enorme complejidad: no es solamente un problema de drogas, sino de personas atravesadas por un flagelo. No hay una línea directa que va de la droga a la recuperación. Por esto la Familia Grande del Hogar de Cristo recibe la vida como viene, en su totalidad y complejidad”, afirma la hermana Leo al describir su vivencia de acompañamiento a los jóvenes.

A esta red se sumó la Universidad de La Rioja con la iniciativa de brindarles un lugar donde pudieran concluir sus estudios. Durante tres años se utilizó el salón comunitario de la capilla San José y un salón en casa de las hermanas, porque, como dice Julio —un joven que forma parte del Centro Barrial Los Obreros“en la casa de las hermanas todos se sienten bien. Ellas son buenas, ayudan a todos”. Julio pudo terminar la primaria y actualmente colabora en el merendero y en la escuelita de fútbol con los niños del barrio. Sus palabras reflejan lo que siente al ser parte del centro: “Antes era distinto, ahora aprendí a respetar, a escuchar y a comprender… Cambié mi forma de ser, mi actitud. Me gusta andar con ellas y poder ayudar aunque sea dando un caramelo y mirar sus caras. Es fuerte, pero me hace bien”.

Comunidad laical al servicio

“Al verlas trabajar con tanta humildad y cercanía, descubrí una Iglesia en salida que va al encuentro con un Cristo vivo y real, cerca del que sufre”

Analía integra un equipo de voluntarios de la comunidad parroquial que acompaña el trabajo de las hermanas. La joven recuerda que al llegar al centro barrial y ver a los jóvenes de su sector en la calle y sin oportunidades, sintió un llamado que la movilizó a tomar la iniciativa de acercarse a ellos. Fue así que llegó a la casa de las hermanas, quienes le abrieron las puertas para que pudiera ser parte del proyecto. Poder conocerse a sí misma en este nuevo contexto, la llevó también a formar una amistad profunda con las religiosas y a descubrir, al verlas trabajar con tanta humildad y cercanía, una Iglesia en salida que va al encuentro con un Cristo vivo y real, cerca del que sufre. “Al conocerlos puedo notar el cambio en ellos. Se sienten más seguros, comparten sus vidas, sus dolores, sus alegrías y tristezas. Puedo descubrir sus grandezas y sus intereses para saber dónde apuntar, y brindarles herramientas para que caminen hacia un proyecto de vida”, expresa con emoción Analía.

En el largo caminar que las hermanas llevan en La Rioja, siempre fueron acompañadas por laicos que eligieron vivir la espiritualidad asuncionista y por otros que viven diferentes carismas, pero que se unen para servir en una tarea concreta de una manera comprometida. Entre ellos está Oscar, un padre de familia, que llegó a La Rioja en busca de espacios para dar respuesta a su llamado a vivir una verdadera y real opción por los pobres.

Al ver a las hermanas trabajar con la gente, decidió sumarse al proyecto y actualmente es miembro de “Asunción Juntos”, un grupo laico que vive la espiritualidad de la Asunción en lo cotidiano y la traslada a sus realidades diarias, donde “todo es de Jesucristo, todo pertenece a Jesucristo y todo debe ser para Jesucristo”, como decía Santa María Eugenia. El compromiso de Oscar lo llevó a acompañar el pabellón de mujeres del Servicio Penitenciario de la provincia, donde viven mujeres que están en la búsqueda de encontrarse con Dios, y por medio de experiencias que pudo compartir con ellas, comenzaron a experimentar esa transformación de la que Santa María Eugenia hablaba. Hoy la imagen de la santa las acompaña en la cárcel y es un punto de encuentro para compartir la vida.

“Ser un asuncionista es estar convencido de que la transformación de la sociedad es por medio del Evangelio”

Desde su vivencia simplifica en pocas palabras lo que significa para él ser parte de esta comunidad: “Ser un asuncionista es estar convencido de que la transformación de la sociedad es por medio del Evangelio”. Oscar acompaña, además, al centro barrial Santa María Eugenia del barrio Virgen del Valle y la Casita Libertad.

Por otro lado, las hermanas también se sumaron al caminar de la Red Kawsay en la Argentina, aportando su granito de arena a un espacio de laicas, laicos y religiosas en la lucha contra la trata de personas. Además, participan activamente de las asambleas de ciudadanos que luchan contra la megaminería y por el cuidado del medioambiente.

Las hermanas de la Asunción son un tesoro para el pueblo riojano que tiene la gracia de conocerlas. Con su ejemplo de servicio incansable, animan a otros a ser transformadores, a vivir y a ser, como decía Santa María Eugenia, en la locura de alcanzar la mayor plenitud posible.

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