Alguna vez me enseñaron en un encuentro de sacerdotes que el destino parroquial al cual somos enviados tiene que formarnos y enriquecernos también desde la advocación a la cual está confiada la comunidad. ¡Y es verdad! Cada comunidad suele estar muy marcada por su santo patrono, ya sea Jesús, la Virgen o alguno de los santos. En mi caso, actualmente estoy en la parroquia Santa Rosa de Lima, en la Ciudad de Buenos Aires, donde cada año, para el 30 de agosto, todo se viste de fiesta para recordar a la primera gran santa latinoamericana.

Isabel Flores de Oliva (más conocida como Santa Rosa o simplemente Rosita) nació en la Lima virreinal del siglo XVI en una familia sencilla y trabajadora, y murió a la temprana edad de 31 años de tuberculosis. Muchas cosas podríamos decir de ella, pero quisiera destacar algunas que son las que más me hablan hoy al corazón.

Rosita fue conocida por sus grandes penitencias, ayunos prolongados y por pasar horas rezando en la ermita de tan solo de 1,25 metros de ancho por 1,25 metros de largo y 1,65 metros de alto, con dos ventanitas y una puertita a la que se entraba de cuclillas, la cual había construido en su jardín. Tal vez este estilo de vida nos resulte muy ajeno e incomprensible para nuestra época, que mucho no nos diga para nuestro seguimiento de Jesús en el mundo que nos toca vivir. Sin embargo, con o sin penitencias, su amor y su pasión por Jesús fueron innegables desde su infancia. Su determinación por ser toda de Él y vivir consagrada a Jesús fueron lo único que guió su camino. Por eso, creo que no importan tanto los medios que eligió cuanto que todos ellos los utilizaba para expresarle su amor a Jesús. Y esa pasión fue incuestionable.

No importan tanto los mediosque eligió cuanto que todos ellos los utilizaba para expresarle su amor a Jesús.

Esa misma pasión por Jesús la llevó a vivir radicalmente el Evangelio, eligiendo pasar por la puerta estrecha y a optar siempre, como tantos otros santos, por el último lugar. Me maravilla cómo ella eligió desprenderse voluntariamente de tantas cosas que para nosotros hoy sería inadmisible. Sin duda que consideraba vanidad a la belleza corporal, a las riquezas que le podían venir de un matrimonio bien arreglado, a las glorias del mundo, y así vivió en consecuencia. Todas estas cosas que ella dejó por amor, yo muchas veces siento que me las arrancan junto con mi felicidad porque, evidentemente, sigo siendo el centro de mi mundo. Belleza, oportunidades matrimoniales, prestigio social e incluso su voluntad de ser consagrada dejó de lado por ser fiel a su amor a Jesús. De hecho, ella no pudo entrar en el convento porque tuvo que quedarse en su casa para ayudar económicamente a su madre, que no estaba en una buena posición. Es imposible no recordar las palabras de Jesús: El que gane su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia la ganará.

¡Cuántas veces me frustro o nos frustramos porque las cosas no nos salen como queremos y nos cuesta aceptar la realidad! Seguramente a Rosita le haya costado no consagrarse oficialmente bajo el manto dominico y conformarse simplemente con ser terciara (una forma de consagración laical de las ordenes religiosas), pero ello no le impidió vivir su consagración en el mundo y rápidamente adaptar su estilo de vida para vivir conforme a ello. Nada hizo que no pudiera convivir en oración para dedicarle tiempo a su Jesús, así como también ayudar a los más necesitados, atender a los enfermos y dar consejos espirituales a quienes se acercaban a ella. Realmente pudo encarnar y hacer cotidiano en su vida (y no solo de vez en cuando) lo que Jesús le enseñaba en el Evangelio. ¡Cuánto tenemos que aprender de los santos para vivir con fidelidad a lo cotidiano y aceptando la vida que se nos es dada!

Uno se cuestiona qué es la verdad, dónde está la sabiduría de este mundo, qué significa perder o ganar la vida…

Muchos también acudían a Rosita para pedirle consejo espiritual por la sabiduría que había adquirido. Dicen que incluso acudió a ella el obispo de Lima. Frente a esto y a toda su vida entera uno se cuestiona una vez más junto a la Palabra de Dios qué es la verdad, dónde está la sabiduría de este mundo, qué significa perder o ganar la vida o, como también alguna vez se cuestionó un joven de la época de Jesús, qué tenemos que hacer para alcanzar la Vida Eterna

Sin duda que su vida me interpela y me empuja a seguir a Jesús cada vez más de cerca. Hoy quisiera pedirle a Rosita esa misma pasión que tuvo por Jesús, que me ayude a tener la certeza de que el único camino es el del último lugar, el de perder la vida, el de ser fiel al Evangelio que Jesús nos dejó. Que tenga el mismo coraje y entusiasmo que ella para entrar por esa puerta tan estrecha.

¡Que Dios te bendiga!

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