Una vez más, en la historia de nuestra vida, la Semana Santa se presenta como ese tesoro que la Iglesia, a través de su tradición, ha sabido custodiar y comunicar de generación en generación. Tesoro que actualiza su valor cada vez que lo volvemos a vivir para dejarnos interpelar en nuestra humanidad por la humanidad de Jesús.

La Semana Santa es un tiempo privilegiado para buscar y mirar a Jesús. Volver a ponerlo en el centro de nuestra vida y diluir nuestras aparentes certezas entregándonos al abrazo del misterio de su amor que no conoces límites y se da sin mezquindades. Un amor cuya liberalidad nos descoloca y nos hace “arder el corazón”. ¿Acaso Jesús murió por mí? Sí. Por vos, por mí, por todos. Es una locura. Locura de amor, por supuesto.

Claro está que la historia de la humanidad se está escribiendo por estos días en contextos inusuales donde no solamente “algunos” son los que sufren, sino que estamos todos en una misma barca afrontando la misma tormenta. Sufrimos los unos por los otros y estamos confusos ante tanta injusticia. ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo y cuándo va a terminar todo esto? ¿De cuántas muertes más tendremos que ser testigos?

“La Semana Santa me revela una fuente de fortaleza y me recuerda que la muerte no tuvo la última palabra”.

Esta realidad me lleva a reflexionar sobre el terror que sentiría en mi corazón si no pudiera llenar la realidad que hoy me toca vivir con un “sentido de Dios”. Sería pesimista y me ganaría la tristeza. Sin embargo, la Semana Santa me revela una fuente de fortaleza que me renueva y me recuerda que la muerte no tuvo la última palabra. La Semana Santa se me presenta como un camino hacia la Pascua que me invita a ser testigo del triunfo de la vida. Es por eso que, como jóvenes cristianos, estamos llamados a dar razones de nuestra esperanza para que el mundo crea, en este momento de adversidad.

Son días para fortalecer nuestra fe, afianzarnos en el amor y resignificar la vida. La vida de todos. Son días para revisar las maneras que tenemos de vincularnos con los demás. Son días para poner a prueba nuestra generosidad y dar de tal manera que generemos un impacto significativo en nuestro entorno. Son días para evaluar nuestra fidelidad en la relación personal que tenemos con Dios. Son días para crecer en santidad, para hacernos cargo de ese llamado y “dejar de cortarle el teléfono a Dios” cada vez que nos aparece en el corazón.

Días para “dejar de cortarle el teléfono a Dios” cada vez que nos aparece en el corazón.

Son días de misterio donde la única manera de realmente involucramos es desde la fe. Son días cargados de humanidad y, a la vez, días llenos de Dios. Es que mirando a Jesús vemos al Dios hecho hombre que comparte la experiencia de la vida humana junto a nosotros. Animate a mirar a Jesús, a reconocerlo tan hombre y a compartir su sufrimiento. Aunque sea un poco. Porque así como no podemos comprender la dimensión de su amor, tampoco lo podemos hacer con lo que ha sufrido por nosotros. Seguramente, no lo podríamos resistir.

Lee la palabra cada uno de estos días. Meditá los gestos de Jesús, el contenido de sus prédicas y prestá atención a las charlas con sus apóstoles. Mirá con atención al maestro de humanidad, tenemos mucho que aprender de Él, el servicio y el gesto manso de la entrega que no se guarda absolutamente nada.

Son días para convertirnos en mejores personas, siempre podremos ser mejores. Y cuando digo “mejores”, me refiero a más humanos, a imagen de ese Cristo que es vida en abundancia. De ese Cristo que sufre con cada hombre, que acompaña, que no es indiferente, de ese Cristo que salva.

Es verdad que nuestra vida está en manos de Dios, pero también es verdad que el amor que nos enseña Jesús es un amor que nos une en comunión con la humanidad toda. Así que, tomando conciencia de esta responsabilidad y esta comunión, adentrémonos a vivir los próximos días en conexión espiritual con todas aquellas personas que sufren y dejemos que resuenen en nuestro corazón las palabras del papa Francisco para esta Semana Santa: “El pensamiento y el espíritu pueden llegar lejos con la creatividad del amor.”

No importa si estamos aislados, alejados, encerrados o distanciados geográficamente. No importa si esta Semana Santa no nos vamos a poder congregar en las misas y celebrar la Pascua como lo hicimos siempre en nuestras comunidades. Lo único que importa es que estemos donde nos toque estar seamos creativos para seguir transmitiendo al mundo que Dios se entregó por amor y ese es el amor que nos va a salvar la vida.

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