La profecía de Isaías al comenzar el capítulo 9 del libro homónimo, dice: «El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz». El P. Alejandro Pavoni nos hablaba en su reflexión pasada sobre nuestras sombras interiores y nos animaba a aceptarlas para que Dios las ilumine, las sane.

La clave principal es justamente reconocer que están, que nos duelen, que nos afectan, que condicionan nuestras vidas, y abrirle la puerta a Dios para que entre y las ilumine. Entonces, esta promesa se cumple en nosotros. Cuando esto sucede, Dios nace en nuestro corazón, es Navidad. Sí, cada vez que las sombras son vencidas, la Navidad se actualiza en la historia y en nuestra historia.

Muchas veces ansiamos que la Navidad se realice en nosotros. Queremos y deseamos e, incluso, nos impacientamos porque la salvación llegue a nosotros. Y nos preguntamos cómo hacer para que suceda o para apurarla. ¡Tantas veces los problemas y los miedos que tienen que ver con el futuro nos abruman, y la mente nos taladra con miles de preguntas y cuestionamientos!… Se nos van las horas pensando escenarios posibles e hipotéticos de las cosas que nos afligen y nos desespera no saber cómo las vamos a resolver cuando llegue el momento. Y tramamos miles de planes posibles para estar prevenidos ante cualquier situación. Y así nuestra mente no para un minuto, no nos da respiro y la paz se esfuma en medio de tantas inquietudes.

Creo firmemente que para que la Navidad actúe en nosotros, la mejor actitud que podemos adoptar es la de la contemplación. Sí, el pesebre no admite otro modo de abordarlo más que la contemplación. Hoy te propongo un modo de rezar diferente en el que debemos dejar la mente a un lado. La contemplación es el arte de percibir lo que acontece y dejarnos afectar por ello. Para contemplar lo único que necesitás son tus sentidos (la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato) y mucho silencio. En la contemplación las preguntas no tienen lugar. Los pensamientos los debemos dejar pasar como las nubes que surcan el cielo.

…para que la Navidad actúe en nosotros, la mejor actitud que podemos adoptar es la de la contemplación.

En este tiempo de Navidad te invito a que te sientes frente al pesebre de tu casa o el de la iglesia más cercana o, si no es posible, a que releas el texto bíblico del Nacimiento de Jesús (Lc 2 o Mt 2). Serenate, respirá pausadamente, dedicale tiempo y mirá la escena. Enseguida vas a extraer mensajes y enseñanzas del pesebre o te van a surgir ideas nuevas o actitudes que deberías aplicar en tu vida. Dejalos pasar, esa no es la meta de la contemplación. Se trata de que puedas percibir la paz, la alegría, la inocencia, la sencillez de la imagen y disfrutar de ella. Saborear, palpar todo lo que transmiten el retablo, el Niño Jesús, María, José, los pastores, los Magos, la creación… Vas a ver que de a poquito la paz del pesebre va a ser tu paz, el asombro de los pastores va a ser el tuyo, y cuando menos te des cuenta vas a estar adorando como los Magos, sonriendo con María y con José o respirando serenamente como el burro y el buey que confían en su Creador.

El misterio de la Navidad es simplemente una escena para contemplar.

El misterio de la Navidad, del pesebre, es simplemente una escena para contemplar. En ese momento, ninguno de sus personajes hace nada para cambiar y transformar el mundo y la historia. Simplemente están allí y ese mismo cuadro cambia y transforma sus corazones. Los pastores volvieron glorificando a Dios solo por haber visto un niño acostado envuelto en pañales. Eso quiere decir que algo sucedió dentro de ellos. Los Magos volvieron a su tierra «por otro camino» después de haber pasado por allí. Algo provocó en ellos lo vivido, que los invitó a cambiar el destino de sus vidas. El pesebre tiene una fuerza transformadora impresionante. Pero ella está solo disponible para los mansos y humildes de corazón que saben recibir en silencio lo que es dado por Dios en cada momento.

El pesebre tiene una fuerza transformadora impresionante.

Te invito a que no te acerques al pesebre buscando respuestas, buscando luz para tu oscuridad. No quieras aprovecharte de él. Simplemente acercate y contemplalo. Miralo, sentilo, metete dentro de él y hacete parte. Acercate descalzo como Moisés a la zarza ardiente: con temor reverencial. Pedile permiso para estar allí. Porque allí eligió Dios nacer, estar, comenzar su vida, reunir a los pobres y a los que no creían, junto a toda la Creación. Tal vez no recibas nada, pero vas a tener la alegría de haber estado un rato junto al Niño Dios y haberle regalado lo más preciado que tenés: tu tiempo. Y así, tal vez, algo nuevo suceda en vos que marque un nuevo comienzo, un nuevo despertar y sientas entonces que la Navidad también sucedió para vos.

¡Feliz Navidad!

¡Que Dios te bendiga!

2 comentarios sobre “Ha brillado una luz

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