Todo lo que viene aconteciendo en estas últimas semanas en relación a la guerra entre Rusia y Ucrania, las imágenes que todos los días me inundan las redes sociales descubriendo los detalles de un conflicto que se transmite en vivo como nunca en nuestra historia, me interpelan y me hacen preguntarme: ¿qué hago yo por la paz?

De alguna manera, en este mundo globalizado, las distancias se acortan y lo que pasa en el «viejo continente» termina empañando con cierta angustia y preocupación nuestro día a día. Con quien sea que hable en estos días me manifiesta su indignación: “se supone que de la pandemia saldríamos mejores personas”, me dicen. Veo cientos de historias de Instagram desde las cuales cada uno grita su «¡No a la guerra!» como puede, como le sale.

“Se supone que de la pandemia saldríamos mejores”, me dicen.

Es por todo esto que creo que esta Cuaresma se nos presenta como un tiempo propicio para reflexionar sobre el aporte concreto que cada uno de nosotros hace en favor de la paz. Esa paz que se construye cada día, de la que cada uno –desde el lugar donde está– debería ser colaborador. Después de todo, el “No a la guerra” de cada día es misión de todo bautizado, llamado y enviado a dar a conocer el mensaje de amor que Jesús nos ha encomendado. Con certeza, la paz es fruto de este amor.

¡Cuántas veces andamos por la vida “armados” con la crítica a quienes nos rodean por no pensar como nosotros o por resultarnos personas difíciles! ¡Cuántas veces maltratamos con la mirada, con comentarios fuera de lugar, o nos ponemos por encima de los demás creyéndonos mejores! ¡Cuántas veces la soberbia y el egoísmo nos juegan una mala pasada y exponen nuestras violencias más profundas! Es que no sólo hay guerras en el mundo sino también en nuestro corazón. Y las guerras, ahí adentro, sólo las ganamos teniéndolo a Jesús de nuestro lado.

No sólo hay guerras en el mundo sino también en nuestro corazón.

No seamos cómplices de las guerras de cada día, trabajemos por la paz con acciones concretas sin hipocresía. En casa, en el trabajo, en la universidad, en los grupos de WhatsApp, en el grupo de la parroquia, en nuestras comunidades, cuidemos a las personas que tenemos al lado y el clima que compartimos con ellas. Tratémonos bien. Aportemos a la paz de cada día y eso –que parece un gesto pequeño– será valioso a los ojos de Dios.

Tratémonos bien. Aportemos a la paz de cada día…

Que ninguna guerra, ya sea interior o exterior, nos arrebate la esperanza de llegar a ser verdaderos instrumentos de paz. Que en esta Cuaresma, la oración, la penitencia y la limosna sean caminos de conversión real que nos permitan amar más y tener mayor empatía con quienes sufren.

Amén

Un comentario sobre “La paz de cada día

  1. Es una lástima que el saludo litúrgico «La Paz esté con ustedes» no lo hayamos incorporado a los idiomas occidentales. Jesús, en hebreo o en arameo saludaba «Shalom aleijem». En árabe, «Salam-u-aleikhum».
    No es un simple «hola» o «hi». Es un deseo hermosísimo que, siendo sincero, contiene toda una filosofía de vida que predispone a las personas a una convivencia incompatible con la guerra, comenzando por uno mismo.

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