Todos los años para fin de julio se acerca una fecha muy linda que es el día 26, día de San Joaquín y Santa Ana (los papás de la Virgen) y con ella, el día de los abuelos. Sin duda que es bueno, aunque sea una vez por año, aprender a detenernos y valorar el gran regalo que Dios nos hace en cada uno de los mayores de nuestra sociedad, en especial, del abuelo, de la abuela.

En la Biblia la vida siempre es un don, y tener una larga vida es visto como una gran bendición de Dios. Sin duda que así lo es. Una larga vida, bien vivida, con humildad, valentía, fortaleza, fe, esperanza y amor siempre se convierte en un gran tesoro de sabiduría, de experiencias de vida, de bondad y, sobre todo, de ternura que están ahí, a nuestro alcance, para valorar y disfrutar.

Cuando uno mira su propia vida, son muchos los recuerdos que en general uno tiene de los abuelos: su cariño, su cuidado, sus consejos, sus ejemplos, su comida, los días pasados en su presencia, los mimos, los regalos y hasta a veces hacer de padre o madre cuando en casa la situación es o era difícil. Yo en particular recuerdo que mi abuela todos los días a las siete de la tarde interrumpía lo que estuviera haciendo para rezar el rosario. Iba a un cuartito y, junto a su altarcito, prendía una vela, abría su cajita para sacar el rosario y tomaba el fajo de estampitas con varias oraciones que rezaba metódicamente día a día. Si estabas en su casa te dejaba viendo la tele y si la llamabas por teléfono no atendía y uno sabía que había que esperar un rato a que terminara de rezar. Estos recuerdos se graban a fuego en el corazón y aunque a veces ya no estén presentes siguen dando fruto en la vida de cada uno.

Estos recuerdos se graban a fuego en el corazón y siguen dando fruto en la vida de cada uno.

También me tocó compartir la vida con algunos curas mayores de más de 60 años de sacerdocio. Sólo de pensar que los ordenaron sacerdotes antes del Concilio Vaticano II cuando la misa era aún de espaldas y en latín y cómo se adaptaron a infinidad de cambios en su vida y su ministerio me resulta muy edificante. Ver su alegría, su fidelidad a Jesús, el amor y el cariño que prodigan, aunque a veces estén limitados físicamente, es realmente ejemplar y aleccionador. ¡Es imposible no desear llegar como ellos a la vejez!

Cada persona mayor tiene infinidad de anécdotas y enseñanzas que son de una riqueza extraordinaria.

Y así cada persona mayor tiene infinidad de anécdotas y enseñanzas en su interior que son de una riqueza extraordinaria. Cuántos de ellos vivieron en la guerra o en la posguerra, o son del campo donde la vida es mucho más humilde y sacrificada, o no tuvieron las oportunidades educativas o medios de todo tipo y, sin embargo, con trabajo, esfuerzo y sacrificio supieron dejar un mundo mejor, abrirse paso en la vida, educar y criar a sus hijos y también a sus nietos. Muchos de ellos pasaron por pobreza, padres o maestros severos y aún así conservaron la alegría y la mansedumbre de la vida.

Pero a pesar de toda la gran riqueza de la vejez, vivirla tampoco es fácil. Muchas tentaciones son propias de esta etapa que pueden llevar a nuestros queridos mayores a no poder o saber vivir bien esta etapa de su vida. La disminución de sus capacidades físicas y por lo tanto en su autonomía requieren mucha humildad para poder aceptarlas y dejarse ayudar. Tantas veces se las «han arreglado solos» y hoy no pueden. Sufrir esta impotencia no es fácil y muchas veces requiere tiempo el aceptarlas. La soledad que conlleva la ancianidad tampoco es fácil. Muchos no tuvieron familia o ya perdieron a muchos de ellos, incluso a sus amigos. Otras veces al no querer preocupar o molestar con sus asuntos porque delicadamente piensan que los demás tienen sus vidas, hacen que se las quieran arreglar solos o transiten los problemas en silencio y calladamente. En algunos de ellos los sufrimientos e injusticias modelaron un carácter difícil y enojón que los encerró en sí mismos y les complica socializar en su última tiempo de vida.

A los mayores les toca vivir una sociedad que es indiferente a sus problemas.

Pero a todos les toca vivir una sociedad que es indiferente a sus problemas. Que no soporta o tolera el sufrimiento o verlos así, que piensa más en el sacrificio económico que implica su cuidado que en la vida misma de cada uno. Sí, como dice Francisco, están inmersos en la sociedad o la cultura del descarte. Cuántos de ellos están abandonados en hogares sin recibir más que una o dos visitas al año, o en hospitales mal atendidos y sin recursos que nos les ofrecen ninguna ayuda concreta. Todos andamos «corriendo» y qué poco tiempo nos «sobra» para ellos.

Por eso la gran invitación de estos días es pensar en ellos y dar gracias por cada uno de nuestros abuelos y de cada persona mayor que conozcamos. Pensar cómo dedicarles tiempo, no solo para acompañarlos y ayudarlos a evitar o despejar todos estos miedos y tentaciones, si no también para cosechar los frutos que cada uno de ellos lleva en su ser. En la vejez seguirás dando fruto dice el el Salmo 92. No dejemos que ese fruto se pierda. Vayamos a visitar, mandemos mensajes, llamemos por teléfono, hagamos tramites y compras para ellos, tomemos mates y comamos las cosas ricas que cocinan, ayudémoslos con el uso del celular y la tecnología y sobre todo cosechemos de ellos su fe.

Muchísimos de ellos fueron o son las personas que son gracias a que lucharon con fe y no abandonaron a Jesús ni a María aún en medio de las grandes pruebas. Yo soy testigo de las lagrimas que derraman en el confesionario porque sus hijos y nietos no creen, no practican y a veces ni si quiera están bautizados y como rezan para que conozcan a Jesús y se aferren a lo único importante. Es triste que su mayor legado y herencia no sea tenido en cuenta y que nadie lo desee. Pero aún así con su fe se preparan para la muerte, para su entrada al Cielo donde saben que desde allí podrán seguir amando y guiando a sus seres queridos con la esperanza de que todo dará su fruto en el momento oportuno.

3 comentarios sobre “En la vejez seguirás dando fruto

  1. Excelente comentario Padre Guido!
    Mis abuelitos fueron los mejores, formados en la iglesia católica y nos dejaron lo mejor de ellos.

    En definitiva a todos los abuelitos hay q amarlos y respetarlos. ❤️

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  2. Ya cumplí 70 y sigo en dudas sobre los términos «abuelo», «anciano», «viejo», y su relación con las categorías quincuagenario, sexagenario, septuagenario, octogenario, nonagenario y centenario.
    Creo que Guido, en consonancia con el Papa, habla de aquellos que ya vivieron y hay que dedicarles tiempo, cariño, reconocimiento, etc., pero me resulta forzado considerarme incluido entre ellos. Cuando era chico, había ancianos de 50 años o más, y excepciones. Hoy no hay ancianos menores de 80, salvo excepciones, y creo que la vara seguirá subiendo.
    Creo que tendremos que revisar cómo aprovechar la riqueza de los abuelos de 50 a 80 mientras todavía están trabajando, dando tiempo a los ancianos, soñando y proyectando, enamorándose, ayudando a crecer a los más jóvenes, viviendo en presente.
    Sí hay que distinguir a quienes ya llegaron y nos necesitan a todos los demás.

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