El tiempo en el que nació Jesús estaba caracterizado por una fuerte expectativa mesiánica. Esto quiere decir que todos en la época estaban convencidos de que ya llegaba el mesías. En las conversaciones o en la literatura judía de la época era un tema recurrente: ¿Cuándo llegará el salvador? Es verdad que, desde el gran reinado de David, el pueblo esperaba al descendiente que restaurara la suerte de Israel que, desde entonces, había pasado por numerosos momentos de prueba, ocupaciones y dominaciones extranjeras. El pueblo anhelaba profundamente, deseaba hondamente que llegara el mesías, el salvador.

La Iglesia sigue anhelando el Reino de Dios

Y así fue que en un paraje perdido de Medio Oriente, de una muchacha virgen, nació Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor. Así transcurrió su vida. Algunos creyeron en Él y otros no. Pero los que lo hicieron fueron capaces de transmitir lo que habían visto y oído al punto de cambiar el rumbo de la historia. Desde entonces, la Iglesia sigue anhelando el Reino de Dios y por eso espera, según también la promesa del mismo Jesús, no otro mesías sino el mismo regreso del Señor, en lo que llamamos su segunda venida o su venida gloriosa que marcará el fin de los tiempos.

El Adviento es tiempo de deseo, de deseo de Dios.

Tanto la primera venida de Jesús en la humildad del pesebre como su segunda venida gloriosa es lo que nos recuerda el adviento. Por eso, éste está caracterizado por la espera, pero no una espera desesperada sino, al contrario, una espera gozosa y confiada. Y la espera, como dice San Agustín, nos ayuda a aumentar el deseo el cual al ser colmado será aún mayor. Por eso el adviento es también tiempo de deseo, del DESEO DE DIOS. Una frase que repetían mucho los cristianos de los primeros tiempos es maranathá, que significa ¡Ven Señor, Jesús! Esta misma frase es testigo del deseo de la Iglesia naciente de volver a ver a su Señor resucitado.

De este modo, la invitación en este tiempo de adviento es a renovar, a aumentar, a conectar con el DESEO DE DIOS que llevamos en el interior por el Espíritu Santo. Muchas cosas son las que nos hacen desear a Dios. Sin duda que conocerlo a Jesús, experimentar su salvación en nuestra vida, orar, leer los Evangelios, entregarnos por amor al necesitado nos hacen crecer en el amor a Dios, nos atraen cada vez más a Él, al punto de querer sentir más profundamente su presencia, la comunión con Él.

También la cruz, los momentos de prueba y de dificultad, las pérdidas de los seres queridos, las enfermedades, las injusticias, las cosas que no nos salen o nos salen mal, los fracasos y proyectos fallidos nos suelen ocultar a Dios y en medio de esa misma oscuridad surge fuerte también el deseo de volver a verlo, de que se nos revele nuevamente. Pero, como nos enseñan los santos, aun en medio de la oscuridad la fuente de Agua Viva sigue manando y corriendo regando nuestra vida ocultamente. Sólo necesitamos confiar.

Hay un deseo mucho mayor que el nuestro y es el deseo de Dios por cada uno de nosotros.

Pero aún así, y aunque nuestro deseo sea hondo, genuino y profundo, aunque la sed nos guíe a través de la noche hacia la fuente… hay un deseo mucho mayor e incomparable con el cual es bueno poder conectar en este tiempo de adviento y es el DESEO DE DIOS POR CADA UNO DE NOSOTROS. El deseo del Padre por cada uno de sus hijos, el deseo de Jesús por darnos vida y salvación y el deseo del Espíritu que en nuestro interior ora e intercede en nosotros.  

El desafío, entonces, es que no se apague la sed del Amor de Dios, que no dejemos nunca de desearlo, de anhelarlo. Aprovechá este tiempo de Adviento, no para colmar tu deseo de Dios sino para que este se agrande y sea aún mayor. Y para eso te puede ayudar repetir solo en el silencio de tu corazón o también en comunidad e incesantemente: Maranathá, ¡Ven Señor, Jesús!

¡Que Dios te bendiga!

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